| Tetsugako |
| Thursday, 24 April 2008 | |
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Tetsugako es el estudio de la filosofía, que comprende tanto las corrientes del pensamiento oriental como las del occidental. Para el hombre del Bugei, es necesario conocer todas las formas y sistemas del pensamiento humano. Pero ¿cual es el propósito de estudiar tal disciplina?
En el análisis de la existencia humana en el mundo, verificamos que nos movemos en una sabiduría que ofrece y al mismo tiempo solicita filosofía. La “sabiduría de la existencia” se anida en nosotros como la sangre en las venas y el aire en los pulmones. Comanda, sin darnos cuenta, nuestra manera de estar en el mundo, en todos los niveles internos y externos, visibles e invisibles, superficiales y profundos. Sin ser invocada, dirige todas las conversaciones y nos da el entendimiento de las palabras que oímos y hablamos, de los proyectos que plantamos para vivir.
Esta sabiduría pre-filosófica de uso inmediato, rica y dinámica, que orienta el comportamiento de los que se quieren, nunca es vivida en su plena riqueza. La consciencia es un mecanismo de percepción. Este mecanismo puede expresarse de innumeras maneras, que envuelven varios niveles de comprensión y comportamiento. Los budistas delinearon claramente diferentes estados en su elaborada descripción del alma en la pos-vida. Tales estados corresponde a los tipos de naturaleza humana y maximizan características salientes: rabia, envidia, apatía, orgullo y piedad.
La verdad es que la consciencia puede ser intelectual u orientada por la sensación, puede ser emocionalmente habituada o psíquicamente cognitiva, puede hasta ser espiritualmente ajustadas y alineadas las fuerzas cósmicas. Puede ser una combinación cualquiera. En nuestro espectro humano, corresponde a un estado de consciencia - significando el estado del cual la actividad se origina. Y cada estado establece una frecuencia energética.
El hombre, en su facultad de consciencia, es un creador extremadamente sensible y altamente complejo, de infinitas posibilidades de existencia. La manera por la cual la humanidad aborda la vida es puramente casual. Si conseguimos ser bien-sucedidos, esto ocurre casi siempre por casualidad – conseguido a través de persistencia obstinada y metodologías aplicadas. No apenas perdemos nuestra capacidad de ajuste, sino perdemos también la potencia total de nuestra energía, de nuestra fuerza.
Más de que una facultad central (un poder-fuente), existe un estado de dispersión continua (actividad y ajuste externo), que crea una fragmentación de nuestras facultades. A través de esto, percibimos la fragmentación. No solo olvidamos que hay una unidad en relación a la vida. Olvidamos también la capacidad y el conocimiento de nuestra maestría inherente sobre la materia y la vibración. Como el cuento del “príncipe que se convirtió en sapo”, quedamos atrapados a uno u otro sistema de nuestra propia creación.
No nos acordamos que fuimos y siempre seremos creadores. Quedamos fascinados e identificados con nuestras creaciones. Caemos en la trampa de un nivel de realidad que concebimos como siendo el todo. El proceso normal de la consciencia es expandirse e intensificarse.
Esto puedo ocurrir independientemente de nuestra cooperación. Sin nuestras cooperaciones, hay dolor y sufrimiento. Pero dolor y sufrimiento no son parte intrínseca de la vida. Con nuestra cooperación, nuestra consciencia fluye como un rió a través de diferentes permutaciones de sustancia y energía, incesante. La vida es vista como un flujo, una continúa actividad de fuerzas.
“Usted no es un ser humano que está pasando por una experiencia espiritual. Usted es un ser espiritual que esta vivenciando una experiencia humana.” (Wayne W. Dyer)
El foco va desviándose de los efectos (la consciencia central). ¿Quien percibe la inteligencia suprema, el estado más alto de consciencia? El proceso de la vida parece ser la reunión de elementos discrepantes, en los cuales nuestra fuerza (nuestros intereses invertidos, nuestras dependencias e identificaciones) es almacenada, lo que nos mantiene divididos. En esta reserva de elementos, la fuerza que estaba impulsando la energía al exterior, pasa a recogerla en sentido contrario, para adentro, en dirección a un punto de origen, aumentando en intensidad. Esa cantidad de movimiento en el interior de la reserva colectora es todo poderosa. Los místicos y magos lo conocen. Los ocultistas lo conocen. Hasta Hitler lo conocía. Pero la humanidad aun no lo conoce, prefiriendo recubrir de poder la autoridad externa: barbudos papas del cielo, gurus, profesores, figuras de autoridad de doctrinas, enseñanzas y organizaciones...
Dentro de cada individuo reposa la divinidad, un estado de consciencia a partir del cual todo es posible. Cuando alineada a las verdaderas leyes de la vida, cualquier cosa es posible. Porque la conciencia, como la energía, es neutra. Es un cuchillo de dos filos: individuos egoístas se transforman en caos, desarmonía y destrucción. ¡No solo eso! Puede dispersarse o fosilizarse en un saber mecánico que opera sin gusto por la existencia en si misma.
En esta situación de obscurecimiento, necesitamos filosofar. Todos necesitamos filosofar porque el obscurecimiento es universal, se abate extensivamente sobre toda la tierra. Necesitamos recuperar la comprensión innata de la existencia del mundo, necesitamos recordar el Lumem Naturale, “el juicio secreto de la razón”, la sabiduría de la vida. ¿Cómo es ese filosofar? ¿Cómo es ese oficio de los filósofos?
Es ejercicio de pensar por nosotros mismos. El ejercicio de pensar por si mismo es el arte de las artes, porque exige sensibilidad, entrenamiento intelectual y disciplina corporal. En el arte de pensar, encontramos lo real, llegamos a su interior. Así volvemos a habitar la tierra como árboles vivos de los bosques, bien enraizados, en el sabor de su profundidad. Aceptar la consciencia de la espiritualidad es antes de todo ampliar su consciencia para su verdadera aceptación. Siendo así, la armonía cósmica hace con que su ser sea llenado por la verdad absoluta.
La purificación a través de la búsqueda de la verdad interior traía para los más antiguos la consciencia de Dios como la única verdad absoluta. El raciocinio partía de la importancia de la verdad consigo mismo. Se decía que mantener la verdad dentro del corazón era almacenar a Dios como único creador. De la verdad, surgió la purificación a través del agua, que se manifiesta de varias maneras en lo cotidiano de los hombres. Los hindis llevan lavando sus pecados en aguas sagradas desde el tiempo de los primeros registros históricos.
“Si el corazón no es puro, el gran espíritu no puede ser visto.”
“La tarea de la ciencia no es simplemente identificar el cambio del patrón estructural en todas las cosas, sino considerar ese cambio una cosa simple. La ciencia comienza con la hipótesis, que está siempre presente aunque pueda ser inconsciente, olvidad o, a veces, hasta negada: existe un orden simple en la naturaleza; es posible una forma simple de relevar la experiencia; la tarea de la ciencia es descubrirla.” (L. L. Whyte, “AFCENT on Form”)
Fuente: Augusto, Jordan. “Tetsugako – A Filosofia como Arma Interior”, Ed. Kanji. 2002. |
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