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Críticas... Incomodan o acomodan

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Críticas... ¿Incomodan o acomodan?

 

(por Luis Nogueira Serrano)

 

El pasado viernes, antes de una sesión de estudio en el Dôjô de Valencia, fui alertado por Shidoshi del peligroso terreno en el que yace el criticado. Es frecuente considerar incorrectamente que las críticas son fruto de una debilidad plasmada externamente que han percibido nuestros críticos. Cuando estamos profundamente apegados al trabajo que realizamos pero no somos capaces de ver más allá es razonable que las críticas cuanto menos puedan incomodar. ¿Cómo no vamos a sentirnos ofendidos por esas críticas injustificadas?

 

Justificadas o no, es sólo una cuestión de percepción. Lo que está claro es que uno es criticado porque está tocando los hilos adecuados, pues los enemigos, aunque no los consideremos como tal, se pican y rascan por la amenaza que supone el surgimiento del criticado. Cuando alguien es anodino no suele tener ni siquiera el privilegio de ser criticado, pues sus acciones, decisiones u opiniones afectan a muy pocos. Muy al contrario, las críticas son un poderoso indicador de estar caminando por la senda adecuada, es la señal de nuestra evolución, pues nuestro progreso es el retroceso de los demás. Es por ello que más bien al contrario de lo que se piensa originalmente es el criticador el que siente su debilidad, en sus críticas está el germen de su falta de confianza. Sólo los que temen su posición, que su verdad sea rebatida, son los que necesitan imperiosamente hacer vacía la voz del oponente. ¿Qué mejor forma que desacreditar al otro?

 

Si miramos a la historia, sólo aunque sea como un pequeño recordatorio de nuestro presente, veremos numerosos casos de grandes personalidades que antes de su ascenso fueron criticadas y denostadas. Lyndon B. Jonhson, mucho antes de llegar a ser el trigésimo sexto presidente de los EEUU, tuvo un difícil aunque pasmoso ascenso. Sus aspiraciones partieron como secretario de un congresista en Texas, y sobre todo sus aspiraciones tempranas lo llevaron a con tan sólo 28 años a embarcarse en las elecciones por obtener su puesto como congresista por el estado de Texas. Desde el comienzo de la campaña  Johnson sabía cómo tenía que orientarla, pues basarla en el electorado más conservador sería el suicidio para su carrera política, ya que sus rivales contaban con la experiencia, el apoyo de sus excepcionales carreras políticas y del electorado cosmopolita. Johnson era un secundario, hasta que su campaña de recorrer palmo a palmo todo el estado de Texas, poblado a poblado, asentamiento a asentamiento, conociendo a todos los ciudadanos que podía y escuchando sus peticiones, empezó a dar una trayectoria ascendente del joven candidato. Es entonces cuando sus rivales políticos comenzaron a sacar toda su maquinaria de ‘guerra’ y presentaron un arsenal de críticas contra el joven candidato. Johnson no cambió ni un ápice su postura y acabó venciendo en una de las victorias más abultadas de la historia democrática norteamericana. El cómo no sólo supero las críticas sino que consiguió ganarse a sus adversarios tras las elecciones de forma que los que habían sido más críticos se convirtieron en sus más fervientes impulsores para la campaña electoral y esto también aseguró su reelección poco más de un año después es otro tema.

 

Centrando el asunto, si nos fijamos en la figura del presidente Johnson vemos que las críticas eran los trozos de pan del camino del éxito. El no dejarnos llevar por ellas es una cuestión fundamental, pues en sentido negativo, sin son negativas, nos incomodan y por tanto nos bloquean y estancan además de nos hacen rabiar y no pensar, y sin son positivas, y nos dejamos llevar por ellas, nos acomodan y por tanto nos sumen en un torpe adormecimiento.

 

El que haya críticas constructivas y destructivas es independiente. La gente suele valorar positivamente las primeras y las segundas como fruto de la envidia. Más allá de eso, creo que ambas dos pueden dar para el visionario puntos de entendimiento, pues las constructivas, de una forma u otra pueden alertarnos de espacios de mejora, y las destructivas, cuanto menos, nos permiten desapasionarnos de nosotros mismos, y consiguen que estemos más allá de vacías palabras.

 

Sólo caeremos ante el poder destructivo si conseguimos, primeramente, caer en el error de asumir negativamente su contenido. En segundo lugar, si generamos un pensamiento negativo hacia quien las vierte. Por ello, el no generar un punto de acción, un eje por el cual roten dichas críticas es factor clave para la trasgresión, pues nos evade de nuestra afección y la que generamos nosotros mismos contra los criticadores.

 

Fuentes:

Charlas con Shidoshi Jordan

The path to power: The years of Lyndon Johnson. Robert A. Caro, 1990

The art of political warfare, John Pitney, Jr. 2000

 
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